Sábado, 02 Febrero 2019 18:18

El Corazón de Cristo en la teología del Nuevo Testamento (parte 1)

Escrito por Víctor Castaño
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El 13 de noviembre tuvo lugar el tercer encuentro formativo con motivo del centenario de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús. Como en ocasiones anteriores, fue en la parroquia de San Salvador (Leganés), y el tema abordado, el Corazón de Cristo en la teología del Nuevo Testamento. Hubo dos intervenciones: la primera a cargo de D.Víctor Castaño, comisario del susodicho centenario, que puede leerse a continuación; y la segunda, por D.Jaime Pérez-Boccherini, en el siguiente artículo del blog.

El objetivo de este curso es beber en las fuentes de la tradición cristiana, de la Sagrada Escritura, de la enseñanza de los primeros santos de la Iglesia, lo que llamamos los Padres de la Iglesia, de toda la tradición de maestros de espiritualidad, para descubrir que esta espiritualidad del Corazón de Jesús, tal y como la vivimos hoy, no es otra cosa que una manera que Dios nos ha regalado en la Iglesia, a través de la figura de Santa Margarita, de poder redescubrir lo que está en el Evangelio.

Tanto es así que cuando el Catecismo de la Iglesia nos habla de cómo se debe interpretar la Escritura, nos cita a Santo Tomás de Aquino, que es como el gran paradigma teológico de la Iglesia, el gran teólogo de la Iglesia, y él dice que para entender la Escritura es necesario acudir al costado abierto de Cristo. Esto lo encontramos dicho en el número 112 del Catecismo de la Iglesia católica. Es un número precioso: “Por el corazón (cf. Sal 22,15) de Cristo se comprende la sagrada Escritura, la cual hace conocer el corazón de Cristo. Este corazón estaba cerrado antes de la Pasión porque la Escritura era oscura. Pero la Escritura fue abierta después de la Pasión, porque los que en adelante tienen inteligencia de ella consideran y disciernen de qué manera deben ser interpretadas las profecías”. Hasta que el costado de Cristo no se abre en la Cruz las Escrituras estaban oscuras y este corazón nos revela de sí mismo, a través de la Escritura, puesto que la Escritura habla de un designio de amor que nos ha dicho de sí mismo. Para entender esto habría que recurrir como a un símil. Cuando uno entiende el amor redentor de Cristo, entiende que, desde la creación, Dios estaba ya proyectando ese plan de salvación cuya plenitud es conocer a Cristo, y su amor que se me revela en ese corazón humano, puesto que Cristo es Dios hecho hombre.

La charla de hoy trata así de todo lo que dice el Nuevo Testamento del Corazón de Cristo. Se hará en grandes trazos. Si se puede se tocará la Carta a los Hebreos, que es un escrito muy interesante del Nuevo Testamento donde se habla de Cristo sacerdote, y ese sacerdocio se ejerce especialmente en su corazón, en ese ofrecimiento de la vida que es un acto interior del corazón. Así lo deja muy claro la Carta a los Hebreos, aterrizando muchas de las cosas que ya el Antiguo Testamento había abierto.

¿De qué manera nos hablan los Evangelios acerca del corazón de Jesús? No podemos tratar de encontrar lo mismo que nos dice Santa Margarita en el Evangelio, así tal cual. Evidentemente es una manera, bajo ese símbolo, de acudir a lo que ya se nos había revelado, es decir, leer el Evangelio a la luz del corazón de Cristo nos ayuda a entender mucho mejor lo que nos ha dicho el mismo Cristo.

Oraciones de Jesús

Primero nos vamos a fijar cómo a través de las oraciones de Jesús se nos revela su corazón. Este es un tema muy querido para el Papa Benedicto XVI. El Catecismo, cuando nos explica qué es la oración, lo primero que nos invita a hacer es a pensar con qué rezamos. El mismo Catecismo define el corazón al comienzo de la parte de la oración y nos dice que es aquel lugar donde uno se adentra, ese lugar íntimo que es lo que unifica nuestra persona, el lugar de los sentimientos y, sobre todo, de las decisiones profundas, y ahí es donde uno se encuentra con Dios. Cuando Cristo ora, y ora públicamente, es decir, cuando abre su intimidad, porque la oración es algo muy íntimo, y por eso a todos nos cuesta mucho hablar de cómo es nuestra oración, Jesús abrió su intimidad a través de algunas oraciones que conocemos en los evangelios, y eso nos ayuda a entender cómo es el corazón de Jesús. Vamos a ver algunas claves generales y nos vamos a detener en muy pocas oraciones de Jesús en el evangelio, ya que hay más.

Lo primero que habría que decir es que todas las oraciones de Jesús comienzan con la expresión “Padre”. Para nosotros es muy familiar. Es algo que cuando vamos al Evangelio, afortunadamente, no nos llama la atención de lo familiar que es. Sin embargo, para un judío del tiempo de Jesús, era una manera absolutamente original de dirigirse a Dios, porque como vemos en los textos del Antiguo Testamento, a Dios se dirigen como el Altísimo, el nombre que no se podía pronunciar, de ahí vienen expresiones como Adonai, etc… Jesús empieza así su oración y nos enseña a nosotros a orar así, con esa palabra: Padre. Eso indica intimidad familiar porque Él se considera el Hijo. Es muy distinto plantear la vida cristiana desde la óptica del Hijo. Estamos muy acostumbrados, afortunadamente, y eso tiene su parte buena pero tiene también su parte negativa, y es que a veces olvidamos el don, el regalo que nos ha hecho Dios cuando nos ha dado la adopción filial, el poder, con propiedad, llamar a Dios “Padre”. La oración del Hijo es muy distinta de la de la criatura:

  1. La de la criatura se dirige con un respeto muy grande al Creador, tiene que entrar casi casi pidiendo permiso para no molestar.
  2. En cambio, el Hijo no pide nunca permiso para entrar en la casa del Padre, es también su casa, entra, todo lo del Hijo es del Padre.

Dios nos ha revelado que estamos llamados a esa intimidad con Él y nos ha mostrado cómo debe ser esa intimidad del hombre con Dios en el corazón de Cristo, al que se dirige con esa familiaridad. Y, por supuesto la petición, la alabanza, la gratitud, son muy distintas en el siervo o en la criatura que en el Hijo. Por tanto, esa manera de dirigirnos a Dios ya va a modelar por completo todas las cosas que vamos a hacer o cómo vamos a vivir el resto de la oración. Quizás la más completa y también la más interesante para el objetivo que tenemos en esta tarde es una oración que nos transmite San Lucas (cap. 10), y también San Mateo (cap. 11).

Lucas 10,21: Yo te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre y nadie conoce quien es el Hijo sino el Padre, y quien es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Luego hay un apéndice que dice, que solo se encuentra en Mateo 11: Venid a mí los que estáis cansados y agobiados… aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso. Aquí se cita explícitamente la palabra corazón y Jesús pide ser contemplado en su corazón, es decir, en sus actitudes interiores, de tal manera que se nos invita ya a una mirada que no sea superficial, es decir, la mirada solo a lo exterior de cuando Jesús predica, Jesús hace milagros, sino que quiere vayamos al interior, es decir, a esas actitudes de amor, de ofrecimiento, de petición, de alabanza, que el mismo Evangelio nos revela y por eso también se nos revelan en estas oraciones.

¿Cuál es el contexto enel que Jesús dice estas palabras, dando gracias al Padre por sus dones? Esto es algo que muchas veces no lo unimos a este texto y por eso no entendemos del todo bien la riqueza interior del corazón de Jesús que nos revela esta oración. Jesús estaba en la tarea que habitualmente hacía con sus discípulos, los envía por aquellas ciudades, como Betsaida… ciudades que no se querían convertir. Las versiones de los evangelistas no concuerdan del todo, pues se nota que muchas veces, el mismo hecho de la vida, las personas lo podemos vivir de una manera muy diferente. En Mateo parece que aquella misión fue un verdadero desastre y es cuando Jesús dice aquello de: Si se hubieran hecho en otras ciudades los signos que se han hecho en ésta, se hubieran convertido, y sin embargo nosotros no habéis aceptado el Evangelio”. Sin embargo es en Lucas donde también se relata esta misma palabra de Jesús, que el hecho es el mismo pero es la interpretación lo que varía. Sucede, según Lucas, que cuando algunos discípulos, que volvieron de aquella misión que les había encomendado Jesús muy contentos, decían hasta los demonios se nos sometían, sentían el poder divino en sus manos. A estos discípulos Jesús les dice que no estén contentos porque les salgan las cosas bien, porque se les sometan los demonios, porque se sientan con poder, sino que estén contentos porque sus nombres están inscritos en el Reino del Cielos. A continuación es cuando el Maestro hace esa oración que hemos citado.

Esta oración implica una mentalidad completamente nueva y una manera completamente nueva de mirar las cosas. Los hombres hacemos como los apóstoles hacían: el esquema éxito-fracaso: “me ha ido bien, me ha ido mal, he conseguido los objetivos o no los he conseguido”. Sin embargo, Jesús entra en una perspectiva distinta. Aquí no es una cuestión de éxito o de fracaso, sino de vivir la realidad en su dimensión más profunda y es que yo no existo en este mundo por casualidad. He venido del Padre, igual que cada uno de nosotros existe porque hay un plan de Dios para él y, por lo tanto, este plan se realiza a través de los acontecimientos de la vida, unas veces más agradables, otras veces menos, pues unas veces son verdaderos regalos agradables en nuestra vida y otras veces son cruz. En todas esas circunstancias tengo que experimentar lo mismo: la presencia del Dador de todo lo que tengo en la vida, el que me mantiene en la existencia, que es el Padre, y experimentar su amor, y entonces uno se siente siempre colmado, pleno. Y éste es el secreto de por qué los santos son hombres tan felices, porque vivían la vida en esa clave, en esa relación personal de amistad.

Jesús vive permanentemente unido así a su Padre, de tal manera que no hay mucha diferencia entre lo que hace en la oración y lo que hace en su vida, y el Evangelio nos habla precisamente de esto, del entrar y salir de Jesús continuamente de la oración sin violencia; muchas veces a nosotros nos cuesta entrar en oración precisamente porque no vivimos la vida de esta manera, en esta dimensión. Al mismo tiempo también nos habla el Evangelio de la humildad necesaria para vivir esto. Muchas veces vivimos cansados y agobiados en nuestra vida porque no vivimos contentos en la pequeñez. El humilde vive contento en la pequeñez, la limitación, la pobreza. Tantas veces nos sentimos incapaces de lograr los objetivos que tenemos en nuestra vida, que muchas veces son cosas buenas, pero nosotros las vivimos como una frustración. Sin embargo, Jesús las vivía como una ocasión de experimentarse querido, amado, cuidado por el Padre, y eso no significa que Dios nos da todos los caprichos, sino que nosotros, con corazón pequeño, aprendemos a recibir como don y como regalo y a leer en la clave verdadera y real de la vida, desde el amor del Padre, todas las circunstancias de nuestra vida. La pobreza muchas veces es un don y es un regalo y no lo descubrirnos. La cruz lo mismo. Así el que sufre puede estar feliz y contento, viendo ese sufrimiento y ese dolor, desde el amor, sin sentirse abandonado del Padre. Este esquema es muy importante tenerlo en la vida, porque muchas de las crisis de nuestra vida espiritual vienen por aquí, porque cuando muchas veces vienen cosas muy malas en nuestra vida tendemos a pensar que es porque Dios está lejos, se ha ido. Ciertamente, tener esta visión de las cosas es una visión propia de la fe, y esto implica necesariamente cultivar esta fe y esto tiene sus crisis, pero cuando uno desde la fe vive esa mirada de las cosas, contemplado el corazón de Jesús, y esto nos lo enseña el mismo Jesús, entonces la vida cambia mucho.

Ese aprended de mí, cargad con mi yugo de Mateo también es precioso. Muchas veces nos sentimos aplastados por nuestras obligaciones, por las cargas de la vida, y sin embargo el que se siente pequeño experimenta el cuidado del Padre y, de esta manera, cuidado por el Padre, vive no haciendo lo que le viene en gana, sino que vive con el yugo puesto; de ahí viene la palabra cónyuge: vivir-con. Vive unido a Dios, vive haciendo su voluntad, pero al mismo tiempo se experimenta muy libre, precisamente porque desde el amor, todas estas cosas vividas en el amor cuentan menos. En cambio, por no vivir bien así lo pequeño, llegamos a la paradoja de que, en cambio, a veces hay sacrificios muy grandes que hacemos con mucha alegría, los hacemos con mucho cariño y no nos cuestan. Ésta es una de las claves que nos ofrece el Nuevo Testamento.

Hay por tanto ese texto, esa oración que hace Jesús en el capítulo 11 de Mateo. Cuando uno vive esa conciencia filial, esa relación especial con Dios de intimidad, de amor, de sentirse cuidado por Él, la oración cambia y es distinta. En efecto, la oración de alabanza la acabamos de ver, pero ¿cómo es la oración de petición? Muchas veces nuestra oración de petición es bastante angustiosa: “Dámelo Señor, lo necesito”. Jesús no pedía de esa manera. Cuando se acerca a pedir la resurrección de Lazaro, simplemente da gracias ya, porque considera que el Padre le ha concedido ya eso. La oración de petición del Hijo es la oración que se dirige a aquel que está pronto, que nos ha dicho que tenemos que pedir y, por lo tanto, es una oración que parte de la convicción de que va a ser escuchada. ¿De qué manera? En el caso del Hijo había una manera muy especial de escuchar, Él sabía cómo las iba a escuchar el Padre las oraciones. En nuestro caso, imitamos a Jesús en este sentido de saber que, de una manera incomprensible para nosotros, se atiende esa petición que puede ser insistente y puede ser atendida en la manera que nosotros pedimos. Normalmente el Nuevo Testamento nos habla también de que esa manera de pedir es confiada. Esto es un aspecto muy importante en la espiritualidad del corazón de Jesús. Es una oración en la que uno presenta esa necesidad a Dios, y no le dice cómo Dios la tiene que resolver, porque Dios sabe mucho mejor cómo resolverla, y por lo tanto uno se abandona y le deja a Dios hacer. Esto también se ve en muchas de las oraciones de Jesús, en ese abandono completo en la voluntad del Padre.

Otra oración muy interesante es la de Jesús en el Huerto de Getsemaní. Ahí también se nos habla de esos sentimientos de Jesús ante el sufrimiento y el dolor y de la repugnancia que todo corazón humano siente ante la cruz, que es normal. El evangelista Mateo narra dos veces aquí las palabras de Cristo al Padre: Pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya; y: Si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad y no la mía. Por lo tanto, la primera vez Jesús manifiesta tan abiertamente su corazón, como Él está, es el momento en que ruega que pase el cáliz, así se lo pide al Padre como forma de manifestar lo que Él está viviendo, aunque añade, en docilidad siempre: No se haga mi voluntad sino la tuya. Y, después, se nota cómo la oración, esa unión con el Padre, le lleva a la aceptación de sus sufrimientos, que son repugnantes. Aquí hay una lucha interior, como tantas veces experimentamos nosotros. Pero podemos acudir al Evangelio para ver cómo Jesús tenía corazón humano y entiende todas las cosas de la vida humana. Esto es algo muy hermoso y muy bonito. En el segundo momento de la frase de Getsemaní, en que eleva esa petición Jesús, ya ha cambiado, ya entiende que el cáliz tiene que beberlo, y por eso dice: No se haga mi voluntad si no la tuya.

Compasión

Hay una palabra también en el Nuevo Testamento, concretamente en los evangelios sinópticos, que es la palabra “compasión”, que nos refiere cómo es el corazón de Jesús en su dimensión horizontal. Hasta ahora hemos hablado de las oraciones de Jesús, del corazón de Jesús hacia el Padre, en su relación con el Padre pero, evidentemente, como se trata de un único corazón, ese amor del corazón de Jesús, esas actitudes interiores tienen una dimensión horizontal. Para explicar esta segunda dimensión horizontal, podemos acudir a un verbo griego que se traduce habitualmente por compasión y que deriva de la palabra “intestino”. Este verbo es muy expresivo porque viene a decir que lo que hace Jesús por compasión cuando mira a los pobres, a las personas necesitadas de salvación, lo hace siempre desde una compasión que sale de lo más íntimo de su ser. Una de las cosas que nos suele molestar más cuando convivimos con las personas de nuestro alrededor, es que sean falsos con nosotros, que expresen sentimientos de amabilidad o de bondad que luego no sean reales y sean solo fachada para quedar bien con los demás. En cambio, el Evangelio nos habla de una necesidad del corazón de Jesús de sentir esa compasión, de volcarse hacia el pecador.

¿Dónde utilizan los evangelistas esta palabra? Por ejemplo, cuando Cristo mira esas muchedumbres que dicen que andaban perdidas como ovejas sin pastor. Ésa es una expresión muy bonita porque no hay animal más indefenso ni con menos sentido de la orientación que la oveja, y Dios nos comparó con esas ovejas perdidas, y entonces de ahí que ha de surgir en nosotros la necesidad de ser cuidados, como ve Jesús a la muchedumbre necesitada de orientación, de una doctrina que oriente y guíe su vida. Leemos así en Marcos 6,34 y en Mateo 14,14: Se compadecía de ellas porque andaban como ovejas sin pastor.

En Marcos 6 hay una cosa muy curiosa y es que Jesús y los apóstoles estaban hartos de trabajar, fatigados, exhaustos, deciden tomarse un descanso y en ese momento acude una muchedumbre. Entonces Jesús les mira como a ovejas sin pastor, pospone su descanso y el Evangelio nos relata que se puso a mirarlos con calma. Ese es el corazón de Cristo, Buen Pastor. A los enfermos incurables también les dedica atención y obra milagros en ellos, como lo leemos en Marcos 1,41: De nuevo ahí les mira y se nos informa que tenía compasión hacia ellos: Utiliza ese mismo verbo en griego que hemos comentado. Por ejemplo también, antes de la segunda multiplicación de los panes que nos cuenta Mateo, dice que a Jesús le daba lástima porque tenían hambre, y entonces es cuando obra la multiplicación.

Lucas, por su parte, nos muestra a un Jesús muy compasivo ante las lágrimas de una madre. Esto es algo muy hermoso de leer: A la viuda de Naim la encontró desesperada, llorando porque había perdido a su único hijo, y cuando Jesús ve esas lágrimas de la madre siente esa compasión de verdad, sentida en lo más íntimo de su ser, en sus pasiones humanas que son reflejo de esa compasión de Dios, y entonces decide resucitar a ese hijo.

Por otro lado, a veces esa palabra “compadecerse” no solo se aplica al corazón de Jesús, sino que también se aplica directamente al Padre Celestial. Los Romanos Pontífices, cuando nos hablan de la espiritualidad del Corazón de Jesús, nos enseñan que los sentimientos, esos sentimientos tan humanos, de ese amor humano, tan tierno, tan entrañable de Cristo, como el que designa este verbo del que hablamos, es el mismo que el amor del Padre. De hecho, el Magisterio nos habla de ese triple amor del corazón de Cristo: el amor divino, el amor sobrenatural de caridad, puesto que su naturaleza humana también ha sido elevada por la gracia, y, también, del amor natural de las pasiones, de las capacidades humanas. Por eso, el amor del corazón de Jesús nos manifiesta al Padre. Esto lo afirma el evangelista Juan también, cuando nos enseña: Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. El ejemplo lo tenemos también en el caso de la parábola sobre aquellos dos deudores que no tenían con que pagar, el Padre celestial a quien representa es a aquella persona que había prestado el dinero, y Jesús mismo le aplica también esto, que sintió esa compasión. También se pone esa palabra en el padre del Hijo pródigo, que representa también al Padre. Cuando ve a su hijo volver en condiciones tan lamentables, que miraba a los cerdos y les tenía envidia, que volvía con harapos, y sin embargo siente esa compasión de padre, y lo abraza y lo besa tal y como llega. San Lucas y San Pablo, que tienen dos teologías influidas entre sí, hablan de misericordia entrañable de Dios, es decir, esa misericordia que no sale forzada de un sentimiento espontáneo de bondad, que es connatural, que no sale forzando al propio ser. Así nos describe el Evangelio los sentimientos de Jesús.

En resumen, en cuanto a los evangelios sinópticos, hemos recorrido someramente la dimensión en vertical con las oraciones de Cristo al Padre, y la dimensión más horizontal con el uso evangélico del verbo “compadecer”. En definitiva, para los sinópticos la Revelación nos muestra que se pone en camino, en la Vida Pública, el corazón de Jesús buscando nuestra salvación, y que sortea todos los obstáculos que opone el pecado, pues se compadece ante las miserias, ante lo que el mundo muchas veces no valora. Así es el corazón de Jesús.

En la teología paulina:

La expresión Corazón de Cristo solo aparece una vez en los escritos del Apóstol de los Gentiles, pero a su vez depende de cómo se traduzca. Quizás el hombre que más ha entendido y vivido a San Pablo fue san Juan Crisóstomo, y de la lectura tan especial, tan vital de San Pablo que hizo el Crisóstomo sacó éste aquella frase de que “el corazón de Pablo es el corazón de Cristo”.

Un autor contemporáneo de Santa Margarita, aunque ajeno a su mensaje, dijo comentando los textos de San Pablo: “No pudiendo Pablo expresar con su propio corazón su afecto a los Filipenses, recurre al corazón de Cristo y entra en Él, y viviendo en este corazón y usando este corazón como propio, ama a los Filipenses con el corazón de Jesús”. Quizás esto es lo más característico en los escritos de Pablo, su amor pastoral, esa capacidad de entregar la vida como Cristo amó a su Iglesia.
En Pablo aparece otra palabra griega que es “kardia”, donde se nos alude a la sede del amor, pero es curioso, porque aunque el “corazón” es para Pablo la sede del amor, el término en sí aparece siempre vinculado no al corazón de Cristo directamente, sino a la participación que tenemos los creyentes en el amor de Cristo. Quizás desde su experiencia vital, desde lo que él vive, también el Apóstol entiende así lo que es la vocación cristiana. Es como un paso más: primero se nos revela ese amor y luego se nos dice que no es solo para mirarlo, sino que es para que tú lo puedas vivir y tener en el corazón y puedes experimentarlo tú mismo participando en la oración de Jesús, participando en los mismos sentimientos de Jesús, viviendo una caridad como la de Cristo.

Tenemos frases paulinas preciosas: El amor de Dios dado por don del Espíritu Santo se derrama en el corazón del hombre; es una de las maneras que la liturgia tiene para introducir a la oración del Padrenuestro, según el texto de Romanos 5,5. O nos encontramos con Timoteo, cuando le explica lo que es ser un buen pastor. Timoteo era uno de los primeros obispos que designa Pablo y pone al frente de una iglesia, y le instruye así: Te recomiendo la caridad que nace de un corazón puro, y el que ama con el corazón lleva a sus fieles en él. Aquí se autorretrata el mismo San Pablo: Os he dicho que estáis en nuestros corazones para juntos morir y vivir.

Hay un texto también en Pablo que retrata los sentimientos de Cristo por dentro, que hallamos en el capítulo 2 de su Carta a los Filipenses, aquel himno precioso que exclama diciendo: Cristo, a pesar de su condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Cuando se mira despacito el texto, se da uno cuenta que hay una frase que se repite muchísimo y es se anonadó a sí mismo. La traducción literal es casi imposible. En griego de ahí proviene la famosa palabra “Kénosis”, que significa como la humillación, en ese sentimiento de humildad que brota del corazón de Cristo que le lleva a no retener su condición divina, y por eso experimenta la limitación de una condición humana, y dentro de su condición humana no quiso ser de los ricos y poderosos, sino que nació en la humildad, y quiso padecer una de las muertes más humillantes que se podía padecer en su tiempo, de tal manera que cuando Pablo describe a Cristo en ese himno, describe toda su vida como una especie de descenso, del ir bajando a lo cada vez menos. Santa Teresita de Lisieux decía que lo propio del amor es abajarse, y es verdad, porque si uno se pone a servir, al final, si lo hace de verdad, se queda en el último puesto, el que no quiere nadie, y si lo hace de verdad se queda allí muy a gusto porque se encuentra en el lugar más privilegiado, en que puede amar más haciendo lo que nadie quiere hacer, lo que todo el mundo evita espontáneamente. Este texto de Filipenses nos habla de esos sentimientos estables del corazón de Cristo, porque en esto los hombres en cambio somos muy cambiantes y no poseemos esos sentimientos estables de vivir siempre buscando el último puesto, la humillación.

En la Carta a los Hebreos:

Los judíos tenían una idea de que la salvación venía por los sacrificios rituales. Se ejecutaban unos sacrificios, por ejemplo, se sacrificaba el cordero en Pascua y eso producía el perdón de los pecados. Los profetas, en cambio, les denunciaban que si robaban, mataban, difamaban y luego se presentaban con su corazón sucio en el templo, y mataban un cordero, y lo ofrecían, y con eso ya pensaban que tenían contento a Dios, esto no era así. Los profetas se pasaron diciendo y repitiendo esta verdad durante siglos y a veces terminaban bastante mal.

La Carta a los Hebreos lo que viene a enseñar es que Cristo es el verdadero sacerdote. Llega incluso a decir que la sangre de aquellos corderos no tenía poder en realidad para limpiar los pecados, que no se engañasen los judíos. Eran ritos buenos, incluso instituidos por Dios, pero para anunciar a quien sí, de verdad, perdonaría los pecados. La Carta a los Hebreos nos habla de un sacerdote que no ha ofrecido ningún sacrificio en el templo pero, comenta la misma carta que se ofrece a sí mismo. ¿Por qué este sacrificio del nuevo sacerdote tiene valor? Hace referencia a algunos textos del Antiguo Testamento donde se anuncia de que será dado un corazón nuevo, y es que ese corazón nuevo es el de Cristo, es el que ofrece ese sacrificio verdadero, que no lo es por la materialidad de lo que hace, no es porque Él materialmente haya derramado su sangre, sino porque en el sufrimiento fue consagrado y perfeccionado ese amor del corazón de Cristo. Es decir, la clave de la Carta a los Hebreos es ésta: Pretende hacernos mirar al corazón de Cristo haciéndonos entender que la eficacia de la salvación es precisamente el amor redentor de su corazón. Es curioso porque la expresión “corazón redentor de Cristo” no aparece pero, en el fondo, la espiritualidad es eso mismo que rezamos en el ofrecimiento de obras, donde sí aludimos a las ansias redentoras del corazón de Cristo. Se ofrece a sí mismo el Señor tomando los pecados de los hombres, y el valor del sacrificio consiste en ese amor del corazón de Cristo, que por el sufrimiento ofrecido alcanza la perfección y puede así ofrecer un sacrificio que sí vale, un único sacrificio que ya ha valido para todos los pecados de todos los hombres de todos los tiempos. Eso es la idea central de Hebreos.

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