Viernes, 31 Enero 2020 11:30

¿Qué puesto tiene la Virgen en la liturgia?

Escrito por P. Antonio Rivero, L.C.
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Después de Dios y de la sagrada humanidad de Jesucristo nada hay en el cielo ni en la tierra tan grande y tan digna de veneración y de amor como la Santísima Virgen.

Toda la grandeza y perfecciones le vienen a María por ser la Madre de Dios. Dice San Anselmo: “Lo que pueden todos los santos y ángeles juntos, tú lo puedes sola, María, y sin ellos”. Y san Luis María Grignion de Montfort escribe: “Dios Padre reunió en un solo lugar las aguas y las llamó mar, reunió en otro todas las gracias, y la llamó María”.

¡Qué importancia tendría María que el Concilio Vaticano II le dedicó un magnifico capítulo en la misma constitución sobre la Iglesia, para poner de manifiesto que María es madre de la Iglesia, de esa Iglesia fundada por su Hijo y la depositaria de las riquezas de la liturgia!

Pablo VI en su exhortación Marialis Cultus (el Culto a María) del 2 de febrero de 1974, profundiza las relaciones entre María y la liturgia. María es ejemplo de la actitud y disposición interior con que la Iglesia celebra y vive los divinos misterios. Por eso Pablo VI presenta a María como:

  1. Virgen oyente: que acoge con fe la palabra de Dios, la proclama, la venera, la distribuye a los fieles y escudriña a su luz los signos de los tiempos.
  1. Virgen orante: en la visita a Isabel, en Caná y en el Cenáculo, cuando estaba con los apóstoles antes de Pentecostés. En su oración alaba incesantemente al Señor y presenta al Padre las necesidades de sus hijos.
  1. Virgen-Madre: aquella que por su fe y obediencia engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, sin intervención de hombre, sino cubierta por la sombra del Espíritu Santo.
  1. Virgen oferente: en la presentación en el templo y en la cruz. Ofrece a su Hijo como la víctima santa, agradable a Dios, para la reconciliación de todos nosotros.

El culto que María recibe en la Iglesia es un culto de especial veneración. No es de adoración, que sólo a Dios pertenece; pero el culto a María es superior al de todos los Santos. Y comprende tres actitudes:

  • Invocación y reverencia: invocamos y reverenciamos a la Virgen a causa de su dignidad de Madre de Dios y de su eximia santidad, concedida por Dios a su alma, y correspondida por Ella con su voluntad libre, consciente y amorosa.
  • Confianza: basada en el poder y a la vez misericordiosa mediación ante el Hijo. Ella es la Omnipotencia suplicante, dirá san Bernardo, y la administradora de las gracias de salvación de su Hijo Jesucristo. Por eso, le pedimos con confianza a Ella, para que interceda por nosotros ante su Hijo Jesucristo, el único que nos concederá lo que le pedimos y que en verdad necesitamos.
  • Amor fiel e imitación de sus virtudes: Ella merece nuestro amor como madre espiritual nuestra y al estar adornada de todas las virtudes, merece nuestra imitación. Debemos imitarla, sobre todo, en la vivencia de las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad; también en la disponibilidad al plan de Dios, en la capacidad de contemplación y de abnegación; en esa humildad y sencillez, en su pureza de cuerpo y alma.

¿Cuál es el origen y desarrollo del culto litúrgico mariano?

Aunque la devoción a la Santísima Virgen nació con el mismo cristianismo y se manifestó prácticamente de diversas maneras (imágenes, altares, capilla), la primera oración que conserva la Iglesia dedicada a María es el “Sub tuum praesidium” (“Bajo tu amparo”). Es del siglo III, poco después del 200. Se rezaba ya en Egipto.

Fue a partir de los Concilios de Nicea (325) y de Éfeso (431) cuando aparecen las fiestas de la Virgen: en honor de la Maternidad de la Virgen, la Anunciación. A estas fiestas le siguieron en el siglo V la fiesta de la Dormición o Asunción y la Natividad de María.

Actualmente, la Virgen ocupa en la liturgia el segundo lugar, después de nuestro Señor. Todo el ciclo cristológico es a la vez ciclo mariano. María no ofusca ni tapa a Cristo. Cristo sigue siendo el Sol esplendoroso. María es la luna hermosa y brillante en la noche del mundo, cuya luz proviene toda de su Hijo, que es el Sol sin ocaso.

Hoy el culto mariano tiene una triple manifestación:

  1. Culto diario: honramos a María en la santa misa, en el “Yo confieso”; en el canon o plegaria eucarística decimos: “veneramos a la gloriosa y siempre Virgen María”. Después está el culto devocional a la Virgen mediante el Santo Rosario y el Ángelus, que son las dos oraciones que más gustan a la Virgen, y que deberíamos rezar diariamente. Es tradición de la Iglesia rezar el Ángelus tres veces al día: una en la mañana, otra al mediodía y, finalmente, en la tarde, al terminar el santo rosario, por ejemplo.
  1. El sábado se dedica a la Virgen, según la tradición de la Iglesia.
  1. Anualmente hay en el calendario litúrgico festividades dedicadas a María. Unas son solemnidades, otras son fiestas y otras son memorias (unas, obligatorias; y otras, opcionales):
  • Inmaculada Concepción el 8 de diciembre (Solemnidad)
  • Maternidad divina el 1 de enero (Solemnidad)
  • Presentación del Señor el 2 de febrero (Fiesta)
  • Nuestra Señora de Lourdes el 11 de febrero (Memoria)
  • Anunciación del Señor el 25 de marzo (Solemnidad)
  • Visitación a su prima santa Isabel el 31 de mayo (Fiesta)
  • Inmaculado Corazón, el sábado después del Sagrado Corazón (Memoria)
  • Nuestra señora del Monte Carmelo el 16 de julio (Memoria)
  • Asunción el 15 de agosto (Solemnidad)
  • María Reina el 22 de agosto (Memoria obligatoria)
  • Natividad de nuestra Señora el 8 de septiembre (Fiesta)
  • La Virgen de los dolores el 15 de septiembre (Memoria obligatoria)
  • Nuestra Señora del Santo Rosario el 7 de octubre (Memoria obligatoria)
  • Presentación de la Virgen el 21 de noviembre (Memoria obligatoria).

Después del culto a la Virgen, brotó la memoria de los apóstoles, de los mártires y, finalmente, el recuerdo de los santos de todos los tiempos. Se podría decir que “los santos constituyen, en cierto modo, los nuevos signos zodiacales cristianos, en los cuales se refleja la bondad de Dios. Su luz, que procede de Dios, nos ayuda a reconocer mejor la riqueza interior de la gran luz de Dios, que por nosotros mismos no podríamos percibir en el esplendor de su purísima gloria”[1].

[1] Ratzinger, Joseph, “El espíritu de la liturgia”, Ediciones Cristiandad, S.A., 2001, Madrid, p. 134

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