Miércoles, 20 Enero 2021 23:08

Nuestra Señora de Pontmain (Francia)

Escrito por Carlos Ruiz Saiz
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El reciente 17 de enero de 2021 se celebraba en el Santuario de NUESTRA SEÑORA DE PONTMAIN (FRANCIA) el ciento cincuenta aniversario de las apariciones allí acaecidas en 1871. Es una aparición de María poco conocida en España pero muy querida en Francia. ¡¡Conozcámosla!!

PontmainSu APROBACIÓN ECLESIÁSTICA sucedió al año siguiente, 1872, cuando el obispo de la diócesis de Laval, publicó una carta pastoral otorgando aprobación canónica a la aparición. El Papa Pío XI concedió la misa y el oficio en honor a Nuestra Señora de la Esperanza de Pontmain. La Virgen fue coronada solemnemente por el Cardenal Verdier, Arzobispo de París el 24 julio de 1934. En la actualidad la iglesia tiene rango de Basílica de Nuestra Señora de la Esperanza en Pontmain.

¿Cuáles son su HISTORIA Y MENSAJES?

Desde el 19 de Julio de 1870, Francia y Prusia entran en guerra. El ejército pruso avanzaba, victoria tras victoria. La situación era tan grave que el ejército francés comenzó a reclutar jóvenes sin experiencia militar de la zona cercana a la línea de defensa que incluía el pequeño pueblo de Pontmain.

A mediados de enero del 1871 el ejército pruso dominaba dos terceras partes de Francia y estaba a pocas millas de la villa de Pontmain. En la zona se desató una epidemia. El 17 de enero, a eso de las 12:30, hubo un terremoto. Todo iba mal. La gente escondía sus pertenencias para evitar que cayesen en manos de los prusos. Decían desesperados: "¿Para qué rezar? Dios no nos oye".

El Padre Guerin, que había sido el párroco por 35 años y había reconstruido la iglesia destruida por la Revolución Francesa, pidió a los niños que orasen a la Virgen pidiendo protección. Entre esos niños había dos hermanos muy piadosos.

Ellos comenzaron el martes, 17 de enero, sirviendo de monaguillos en la santa Misa, a recitar el rosario y hacer las estaciones del via crucis por las intenciones de su hermano mayor que había sido reclutado por el ejército francés.

Esa misma noche uno de los hermanos, Eugenio Barbadette, de 12 años de edad, salía del establo de su familia cuando vio en el cielo una hermosa señora, en el aire, unos 20 pies por encima de los techos. La señora tenía un vestido azul oscuro cubierto de estrellas doradas, un velo negro y una corona de oro. Sus brazos extendidos como en la medalla milagrosa pero sin los rayos. Eugenio se quedó mirándola con asombro por unos 15 minutos. Cuando su padre y su hermano de 10 años, José, salieron del establo, Eugenio grito: "¡Mirad allí! ¡Encima de la casa! ¿Qué veis?" José describió a la Señora tal cual como lo hizo Eugenio. Pero el padre no la vio y les ordenó con severidad que regresasen al establo para preparar el alimento de los caballos. Sin embargo, un poco después, el padre les dijo que salieran y mirasen de nuevo. Otra vez la vieron. José repetía: "¡Qué bella es!, ¡Qué bella es!" La madre de los niños, Victoria Barbadette, vino entonces y le dijo a José que se callara porque estaba llamando la atención de los vecinos. Sabiendo que los niños eran honestos y no mentían, ella dijo: "Es quizás la Virgen Santísima quien se os aparece. Ya que la ven, recemos cinco padrenuestros y cinco avemarías en su honor".

Después de recitar las oraciones en el establo, para no llamar la atención, la Sra. Barbadette preguntó a sus hijos si todavía veían a la Señora. Cuando dijeron que sí, ella fue a buscar sus lentes y regresó con su hermana Louise, pero ninguna de las dos vio a la Señora. Entonces la Sra. Barbadette acusó a sus hijos de mentirosos.

La Sra. Barbadette llamó a unas religiosas y les advirtió a sus hijos: "Las hermanas son mejores que vosotros. Si vosotros veis, ellas ciertamente también verán". La hermana Vitaline no pudo ver a la Virgen pero ella sabía que los niños eran honestos. Entonces fue a la casa de un vecino y le pidió a dos niñas pequeñas, Francoise Richer (11 años) y Jeanne-Marie Lebosse (9) que fueran con ella. Las niñas vieron a la Virgen y la describieron igual que los niños.

Llega entonces la Hermana Marie Edouard y al escuchar lo que decían las niñas, fue a buscar al Padre Guerin y a otro niño, Eugenio Friteau (6 años y medio). Eugenio también vio a la Virgen. Para entonces había unas 50 personas reunidas. Agustín Boitin, un niño de sólo 25 meses quiso alcanzar la Virgen y dijo: "¡El Jesús! ¡El Jesús!" Sólo estos seis niños podían ver a la Virgen. Los adultos no podían ver a la Virgen pero sí las tres estrellas que aparecieron junto a la Virgen.

Los niños contaban lo que veían: un halo se apareció alrededor de la Virgen, luego cuatro velas aparecieron, dos a la altura del hombro y dos a la altura de la rodilla. Finalmente una pequeña cruz roja, del tamaño de un dedo apareció sobre el corazón de la Virgen.

La Virgen se puso triste porque la gente no creía a los niños y estaban discutiendo. Entonces el padre Guerin les pidió que se callaran y rezaran. Dijo: "Si sólo los niños la ven es porque ellos son más dignos que nosotros". La gente se arrodilló y rezaron el rosario. La expresión de la Virgen demostraba que ella estaba atenta a las oraciones. Gradualmente esto causó que la Virgen apareciera más alta y bella.

Rezaron el rosario y el Magnificat. Gradualmente apareció bajo los pies de la Virgen un mensaje en letras doradas que los niños deletrearon en voz alta:

"Pero, hijos míos, rezad".

La Hermana Marie Edouard entonces comenzó a dirigir ante los presentes el canto de las letanías de la Santísima Virgen. El mensaje continuó:

"Dios pronto os concederá lo que pedís".

Llegó la noticia de que el ejército enemigo estaba en Laval, muy cerca de Pontmain. El mensaje del cielo continuó con el que es, quizás, el mensaje principal:

"Mi Hijo se deja conmover".

Cuando los niños anunciaron este mensaje, el Padre Guerin le pidió a todos que cantaran un himno de alabanza. La Hermana Marie Edouard dijo, "¡Madre de Esperanza, tan dulce nombre, protege nuestro país, ruega por nosotros, ruega por nosotros!" Los niños exclamaban: "¡Que bella es!!"

Al final del himno, el mensaje desapareció. La gente entonces cantó un himno de arrepentimiento y reparación a Jesús. Entonces los niños exclamaron: "¡Mirad, se está poniendo triste otra vez!"

Frente a la Virgen apareció un crucifijo color de sangre. Encima de éste, una inscripción en letras mayúsculas y rojas con un fondo blanco: "JESUCRISTO". La Virgen miraba a la Cruz y sus labios temblaban de emoción. José recordó ese momento toda su vida y escribió: "Unos meses más tarde vi a mi propia madre sobrecogida de dolor por la muerte de mi padre. Uno sabe cuanto esa escena puede afectar el corazón de un niño. Sin embargo, recuerdo que pensé que la angustia de mi madre no era nada en comparación con la de la Virgen María".

Mientras rezaban llegó un carretero con la noticia de que los prusos habían tomado la cercana ciudad de Laval. La gente respondió, "¡Aun si (los prusos) estuviesen a la entrada del pueblo, ya no debemos temer!" A las 8:30 p.m., la gente cantó, "Ave, Maris Stella," y el crucifijo desapareció. Ella de nuevo sonrió y dos pequeñas cruces aparecieron sobre sus hombros. Ella bajó sus manos y un velo blanco la fue cubriendo desde los pies hasta la corona.

Alrededor de las 8:45 p.m., los niños dijeron: "ha terminado". Durante el tiempo preciso de la aparición, el general pruso Von Schmidt, que estaba listo para arrasar con el pueblo de Laval en dirección a Pontmain, recibió órdenes del alto mando de no tomar la ciudad. La invasión de la Bretaña nunca se efectuó ya que el 28 de enero, 11 días después de la aparición, se firmó el armisticio entre Francia y Prusia.

La intercesión milagrosa de la Madre trajo la paz. Los 38 soldados de Pontmain regresaron sin un rasguño. Los dos niños, Eugenio, 12, y José, 10, se hicieron sacerdotes; una de las niñas Jean-Mary Lebossé se hizo monja, y la otra, Francisca, maestra.

Los niños sufrieron agravios. A Jeanne-Marie, el 10 de marzo de 1871 el general Charette fue a verla, desenvainó su espada y, presionándola contra el cuerpo de la niña, le dijo: "Si mientes, hija, te voy a matar. Tú no viste nada". Ella respondió: "Pero no puedo decir que no vi nada". Más tarde un monseñor amenazó a los videntes y los impresionó haciéndoles creer que eran culpables de un sacrilegio, pero ellos permanecieron firmes en su testimonio. Recientemente ha salido a la luz cómo fruto de esta presión la niña firmó una declaración de retractación que poco tiempo después retiró de modo que no afectó al proceso.

COMENTARIO

1. De nuevo los niños, la conversión. En esta ocasión el sacerdote y el pueblo responden. Es como ver a “el resto del pueblo de Dios”, los anawin, que responden a las advertencias de la Madre, espoleado por el miedo de la muerte inminente, pero que en el fondo responden.

2. La llamada a la oración se hace cada vez más urgente, simple: “Pero hijos míos, rezad”, se parece mucho al reproche de Nuestra Señora a los niños en la Salette: “¿hacéis bien vuestras oraciones?” o a Adèle en Champion o del ángel a los niños en Fátima: “¿Pero qué hacéis? Orad y haced penitencia por los pecadores”.

3. De nuevo el poder de la intercesión: “Mi Hijo se deja conmover”, que lejos de presentar a María como más misericordiosa que su hijo lo que hace es hacer de mediadora entre nosotros y Jesús para mostrar su Corazón que quiere nuestra salvación, no nuestra condenación. Como dirá más adelante el mismo Jesús a santa Faustina: “Yo vengo como Misericordia antes de venir como Juez”. Estas revelaciones nos muestran a Jesús como Juez pero también como Misericordia que pide nuestra oración y penitencia para poder actuar.

4. Finalmente la tristeza de María que ya es habitual. Es impresionante esa mirada a la Cruz llena de conmoción. Hay quien ha dudado de esto teológicamente argumentando que ni María ni Jesús sufren ya en el cielo; pero el mismo san Juan Pablo II se posicionó en contra de esta enseñanza: el estado de gloria permite la compasión, el sufrir con los que aquí sufren. El dolor de María al mirar esa Cruz roja sobre fondo blanco es el dolor por el amor no correspondido del Corazón de Jesús como ya revelase dos siglos antes en Paray le Monial; pero también es el dolor por la sangre de los mártires que ya habían comenzado en Francia -1870 es el inicio de la Tercera República con sus leyes laicistas anticatólicas que en muchos casos fueron violentas- es el rojo de la sangre de los mártires del Apocalipsis que sin embargo han blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero. Por esto la Cruz está en su corazón inmaculado –de nuevo este tema que volverá en Fátima- y su velo es negro.
El mensaje es tremendamente simple, ni siquiera pide un santuario como en Lourdes sino sólo oración y mostrar a su Hijo: “Jesucristo”.

 

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