Sábado, 22 Junio 2019 18:36

La entronización (I)

Escrito por Jacobo de Ecardia
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El P. Mateo Crawley, religioso de los Sagrados Corazones de Jesús y María, fue uno de los principales apóstoles y difusores de la devoción al Sagrado Corazón en los tiempos previos a la consagración de España el 30 de mayo de 1919. Especialmente importante fue su apostolado en la entronización del Sagrado Corazón en los hogares, en el seno de la familia. En este artículo recogemos palabras suyas en las que explica qué es la entronización, cuál es su importancia, y cómo llevarla a práctica.

CrowleyDefinámosla brevemente: “El reconocimiento oficial y social de la realeza amorosa del Corazón de Jesús en una familia cristiana”. Dicho reconocimiento reviste una forma sensible, a saber: se instala definitiva y solemnemente una imagen del Corazón de Jesús en un lugar de honor de la casa, ofrendándole esta sin reservas por un acto de consagración.

Habló el Dios de infinita misericordia, y dijo en Paray-le-Monial: “Que siendo Él mismo la fuente de todas las bendiciones, las distribuiría estas con abundancia dondequiera que se hubiera colocado la imagen de su Corazón, proponiéndose el fin de amarlo y honrarlo”. Y más todavía: “Reinaré a pesar de mis enemigos y de todos cuantos pretendan oponérseme”.

La Entronización es, pues, sencillamente la realización, no de esta o aquella de las peticiones hechas por el Salvador a santa Margarita María, sino la realización completa, integral de todas ellas, provocando así el cumplimiento de las promesas espléndidas con que las enriqueció el Rey de Amor. Notad que decimos “realización integral” del conjunto de peticiones formuladas en Paray, pues el fin supremo, trascendental, no es, no debe ser el fomentar una de tantas devocioncillas, sino santificar profundamente el hogar, y santificando este en el espíritu del Sagrado Corazón, convertirlo en el primer trono; trono vivo y social del Rey divino.

En efecto, para transformar y salvar al mundo es de toda necesidad que Navidad, más que una mera fiesta, sea una realidad palpitante y permanente, esto es, que Jesús, el Dios Emmanuel, sea de veras “un Dios con nosotros”, que habite real y efectivamente entre nosotros, sus hermanos los desterrados, mucho más débiles que malos…

No nos engañemos: para llegar en día más o menos próximo al “Reinado social de Jesucristo”, reconocido y acatado como Rey que impere con derecho soberano en plena sociedad, nos será preciso rehacer la sociedad actual desde sus cimientos, esto es, reedificarla sobre la base Nazaret, de la familia profundamente cristiana.

Todo pueblo se revela y aquilata según el valor moral de la familia, pues un pueblo fue siempre, en santidad o en corrupción, lo que el hogar. Esta regla no ha sufrido excepción alguna jamás. Recuerdo, al efecto, lo que un gran convertido me decía: “Padre, no podrá usted nunca exagerar la trascendencia de la Cruzada que predica… Ya se lo he dicho: los hermanos de la Logia a la que pertenecí tantos años… no persiguen sino una sola cosa, y es descristianizar la familia. Conseguido en parte o del todo este objetivo, ya se podrían dejar en posesión de los católicos, catedrales, iglesias y capillas. ¡Qué importan estos monumentos de piedra cuando, para pervertir la sociedad, se han adueñado del santuario del hogar…! En la medida en que esta estrategia sectaria tenga éxito, la victoria del infierno será segura. Así he razonado y obrado yo mismo, Padre, cuando estaba afiliado a las huestes de la masonería”. ¡Oh!, será siempre tristemente verdadero aquello del Evangelio: “Los hijos de este siglo son más sagaces que los hijos de la luz” (Lc 16,8).

El gran mal de males de nuestra sociedad actual es haber perdido el sentido de lo sobrenatural, de lo divino…; pero este mal tiene ciertamente un remedio… ¿Cuál? Volver por el camino del Evangelio, volver a Nazaret.

El Señor, sapientísimo, quiso fundar la redención del mundo sobre la piedra angular de la Sagrada Familia; en ella el Verbo, Jesús nuestro hermano, comenzó su obra redentora… No de otra suerte debemos salvar el mundo moderno: vaciémoslo en el molde, tan sencillo como sublime, de Nazaret.

 

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