Jueves, 26 Septiembre 2019 18:14

La entronización (II)

Escrito por Jacobo de Ecardia
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En este artículo ofrecemos la segunda parte del publicado anteriormente (accesible aquí) sobre el P. Mateo Crawley y su apostolado en la entronización del Sagrado Corazón en los hogares, en el seno de la familia. A continuación, sus palabras:

D9A90nRXUAEdSqDCuánto se ha hablado, con elocuencia de discursos y de fotografías, de las devastaciones horrendas de iglesias y templos en lo que fue el inmenso campo de batalla de la Gran Guerra… Catedrales, monasterios, capillas derruidas por la metralla en el vaivén inevitable de ejércitos que entrechocaban. ¡Cuánto más espantosa es la ruina moral de la familia cristiana! Porque el templo por excelencia, y el sagrario, tres veces santo, es el hogar. Las basílicas y catedrales, por artísticas y venerandas que sean, no salvarán al mundo, y sí lo redimirán las familias santas, Nazaret divino.

Ello es lógico; la familia es el manantial de la vida y la primera escuela del niño. De ahí que, si se envenena la fuente, perecerá la nación. Lo que pretendemos, pues, en nuestra campaña, es inocular de tal modo profundamente a Jesucristo y la savia de su Amor divino en el hogar, en las raíces mismas de la educación familiar, que el árbol sea, en consecuencia, Jesucristo mismo en flores y frutos.

Ahora bien, la Entronización, bien comprendida, no es en resumen sino Jesús, el Rey de Nazaret, que llega al umbral de las casas en demanda de su puesto: el que de derecho divino le corresponde, el mismo que se le brindaba, en tiempo antiguo, en la villa de Betania… Puesto de honor el suyo, porque es Rey (Jn 18,37) que en día no lejano, mediante la conquista amorosa de la familia, llegará a reinar sobre el conjunto de ellas –la sociedad–; puesto de intimidad en el seno del hogar, porque quiere ser de veras el Amigo (Cant 5,16), ya que su dulce soberanía la quiere ejercitar sobre todo por su Corazón mediante el centro blando que fue siempre el de amor…

Digámoslo en una palabra: la Entronización quiere y debe reproducir la convivencia de aquel Jesús vivo del Evangelio, Dios-Emmanuel, que vuelve a cohabitar en las tiendas de los hijos de los hombres.

¡Ay! ¡Qué poco conocido es Jesús: de ahí que se le ame tan poco!... La mayoría de los que se llaman cristianos le tienen recelos y miedo, y por eso viven a distancia… Si no con los labios, le dicen con las obras: «Quédate, Señor, tú, en tu tabernáculo, que nosotros viviremos por nuestra cuenta y razón, nuestra vida de familia, sin que tú te entremetas demasiado íntimamente en ella… No te acerques demasiado, no nos hables, no sea que muramos de miedo…» (cf. Éx 20,19).

¡Así hablaron los judíos a Yahvé; así siguen hablando los hijos a su Padre y Pastor! Nos empeñamos en no querer ver en el Salvador Jesús, tan dulce y asequible, tan manso y sencillo, sino al Yahvé terrible, que despide relámpagos en el Sinaí, y no al Rey de Amor, «cuyas delicias están en habitar con los hijos de los hombres» (Prov 8,31), que gozó en su vida mortal al alojarse en casa de pecadores (Mt 9,11), en presidir las bodas de Caná (Jn 2,2), en mostrarnos por mil modos encantadores y maravillosos, que el anhelo de su Corazón era convivir nuestra vida tal como es, con todas sus espinas y con todas sus santas alegrías.

¡Alegamos nuestra indignidad! ¡Qué absurdo! ¡Como si hubiera sido digno Zaqueo, cuya curiosidad, y no otra razón, lo puso en camino de su Salvador…! ¡Como si hubieran sido dignas, santas ya, la cananea, la samaritana; santo, Simón el fariseo, tantos, tantos colegas nuestros de lepra moral, de miseria y de ruindad…! No, ninguno de estos fue digno; pero creyeron en el amor misericordioso del Maestro y aceptaron con llaneza su condescendencia. ¡Felices desdichados cuya desgracia atrajo y conmovió el corazón del Salvador! Y por eso, en esas casas y en esas almas, con Jesús entraron la salvación, la paz, la conversión… «Hoy esta casa ha recibido la salud» (Lc 19,9).

¡Oh, pretexto farisaico: el respeto! Ya es atrevimiento e insolencia que cuando el Dios de toda majestad, despojándose del manto de resplandores, nos llama, nos tiende los brazos, nos ofrece su mano…, nosotros pretendamos darle una lección, y alegando respeto nos mantengamos a distancia, como quien le dice: «Acuérdate que eres Dios y Rey, aléjate».

¡Ved, si no, cuántos millares de pseudocristianos que a pesar de la redención pretenden servir al redentor, estableciendo entre Él y ellos valles, montañas, abismos, y esto siempre por respeto!

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